domingo, 11 de abril de 2010

Mudanzas y Reencuentros

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Mudanzas y Reencuentros



Sólo quedaban cajas apiladas en la casa de la abuela. Había que hacer limpieza pues la familia decidió venderla con el patio y las caballerizas.


Al subir las escaleras sentí su voz cansada por los años y su respiración fatigosa. Unos peldaños delante de mí vi su falda preferida, negra, con dibujitos grises y su ceñida chaqueta tejida en perlé perdiéndose por la portezuela menuda de aquel desván. Aunque sé que la abuela ya no volvería, sólo en mi memoria, -habitando de nuevo su casa-, ella, retornaba con su voz rasgada como en los últimos años de su vida. Abría las ventanas de par en par para orearla, el frío nunca fue óbice de las corrientes que allí entraran, el sol, quemaba las vigas macizas deslizándose en las motas de polvo de la estancia, la claridad redibujaba el mimbre de las cestas, las cajas apiladas de madera con sus vetas de raíz y devolvía el blanco al estambre de sus toallas bordadas a mano.

Cada primavera, la abuela nos llevaba hasta allí con un:

 -Yo ya no puedo hacer estas cosas, hijas.

En realidad, nosotras, mi hermana y yo, éramos dos mocosas que apenas podíamos ayudarla en algo, pero eso de que nos dejara revolver en los armarios y nos contara las historias de aquellas fotos empañadas por el paso del tiempo , hacía que arrastráramos orgullosas las telas en nuestras brazos cansados sólo por poder escuchar de su voz emocionada el día que conoció al abuelo; cuando a escondidas, una noche, él trepó hasta la ventana de hierro forjado que envolvía la casona y le prometió Amor, cantos de calandrias, niños sanos, una casa en la que fuera la reina, (no le dijo nada de ser la esclava). Entonces sacaba aquella foto tan rara envuelta en un marco de terciopelo rojo. Parecían dos maniquís mirando a la cámara el día de su boda, completamente serios, ¡tan compuestos!, ella de blanco y el de negro, casi como dos muertos con aquellas miradas hieráticas.


 _ ¡Agg!-, decía mi hermana completamente horripilada.


Yo la observaba ¿qué ocurría? Su mirada resultaba completamente enigmática.


Les recuerdo juntos, sentados en aquella enorme mesa familiar, con los hijos y las nueras alrededor, y nosotros, los nietos, revoloteando por la sala. Nunca les vi un beso, ni recuerdo complicidad, aunque de aquellas yo no sabía nada de los matices …

Ahora, con la mirada perdida, las manos posadas en esas mismas vigas y el olor del polvo llenando la estancia, me pregunto si se querían, ¿Se querían después de tantos hijos, sufrimientos y años? 
¿O sólo era así la vida?


23 octubre 2008

1 comentario:

Natàlia Senmartí Tarragó dijo...

Mimosilla Mimí ¿haces recopilación de tus "viejos" relatos?
Ahota te dedicas más bien a la poesia, difícil arte, el más complicado para mi.
No me acuerdo de ninguno de mis abuelos ni abuelas, murieron los cuatro jóvenes, no sé lo que es ser nieta, te envidio estas vivencias a tí y a tu hermana.
Besitooos de lunes con pocas ganas de trabajar. Otro besito más animoso.

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