martes, 30 de noviembre de 2010

Elena



Se desnudó en el silencio de la habitación, las ropas cayeron en un vuelo liviano en el trayecto a la ducha, dejó la puerta abierta y desde la cama un zumbido de agua parecía chocarse contra la silueta.
Elena regresó  con las gotas resbalando ingenuas sobre la piel y el pelo enredado en la toalla.
-¡Ya estoy aquí!
De nuevo la puerta se abría y la joven se esfumaba para volver vestida y sudorosa, con el ceño de los días de agotamiento. La chaqueta caía sobre una silla, sin maneras, y la blusa se desabrochaba como un arrollador tranvía restándole emoción, los zapatos saltaron disparados para acabar en motín debajo de la cama.
Impávido observó y  movido por un impulso irrefrenable, consciente de que en ninguna de las ocasiones llegó a tocarla,   se levantó inquieto  de un salto, y cayó frente a frente mientras ella ya desprendida de la falda se encaminó al aseo,  al cruzarse con sus manos reapareció en la puerta de nuevo.
Y todo comenzó otra vez, confuso Luis no recordaba el final de la historia, los retazos  grises se apilaron como piezas de un rompecabezas en el armario; el podía tomar uno y encajarlo, ella regresaba incesantemente a aquel cuarto del hotel. Analizando la historia se dio cuenta de que no la conocía de antes, ni siquiera supo por qué la nombró como Elena,  admitió su preferencia por aquel nombre y el colapso en su cabeza disminuyó la presión, fluyeron poco a poco  más recuerdos ¡Por fin! Exultante se propuso salir de aquella habitación y avanzó en dos zancadas hasta la puerta.   Amagaba  el contacto con el pomo, asustado  patinó con una cera invisible. Cerró los ojos mientras inspiraba -se concentraba bien-,  y colocó la mano para asirlo con fuerza.
La puerta se abrió, Elena volvía a entrar. Luis no atravesó el dintel de aquel dormitorio, se hallaba sentado en la cama con el albornoz abierto a la altura de las piernas.

Sudoroso contempló  pasar de nuevo la escena …


La autora de la foto Melanie Rodríguez

Texto publicado por la Revista Barcarola en 2015

miércoles, 10 de noviembre de 2010

A través de la cerradura ...




A través de la cerradura  ... el órgano sedicioso avivó

los pensamientos de aquellas damas. 

Pronto se lanzaron a cantar sus alabanzas.


Aquellos ojos rijosos se mostraron contundentes con las teclas, tendenciosos percusionaban sobre las cuerdas atadas con minuciosidad.

Podría acusar a aquella exuberante música de desnudar la intencionalidad de su  mirada, podría castigarla 
y recluirla en una recóndita habitación,  y sin embargo no osaría, ... tendría que aislarse con ella preso de 
su indomable excitación.

Los dedos le temblaban 

.....


El órgano resultó sonoro y seductor, provenía del XVIII, 


cuentan que fue contemporáneo de Bach ...



Desde entonces han surgido imitadores, 

ninguno de notas tan trascendentales.





viernes, 29 de octubre de 2010

Crónicas de una cerebro enlatado ...

Crónicas de una cerebro enlatado ...


A ratos la cabeza se sostiene erguida sobre los hombros, luego deambula  por  cuenta propia en la habitación y se deja los párpados babeante sobre la estufa , o ,,, gira recostada sobre la almohada como si diera vueltas en el bombo de la lavadora.
Le tomé la temperatura, aún se la puede coger con dos dedos. El médico me recomendó que cuando queme como una patata caliente se la lleve a él.


miércoles, 13 de octubre de 2010

Pesquisas

Pesquisas

Se trataba de mi, yo, que  reflejaba la luz de la realidad, estaba allí,
sin embargo no conseguí girarme, ni dar un paso.
Una sensación extraña se apoderó de aquel silencio abismal,
entumecida como me encontraba escuché,

escuché ...


Intenté llamar
El sonido de los cubitos disolviéndose en la copa  enfocó mi oído.
Miré por la ventana, reflejó mi cerebro en aquella pecera gris.
Mis margenes los ocupaba una fotografía muda, encapsulada.

viernes, 17 de septiembre de 2010

La cámara oscura






La oscuridad me abofeteó en la entrada y luego bruscamente me absorbió. No pretendía avanzar, me atemorizaba el miedo a un tropiezo; la corriente gélida se adosaba a mí y percibí los cristales como agujas pinchándome.
Una mano  furiosa  golpeó mi espalda impeliéndome al centro de la sala; al menos eso pensé durante un eterno ... segundo, creí que me encontraba sola en el lóbrego cubículo. Arrastraba como un pesado bagaje mis remordimientos, mis dolores, mis ausencias, mis insatisfacciones, y un largo etcétera. que embardunarían las paredes de la estancia con sus palabras tatuadas como poemas por toda mi piel.
Noté una respiración, se acercó robándome impúdico mi espacio vital; y de pronto tomé conciencia: el aposento que sospeché propio hallábase repleto de seres atormentados, dolidos, sedientos, apaleados, trasmutados y escocidos por la vida...
¡Igual que yo! Tanto así que el olor de la transpiración saturó mi olfato, el tacto de sus cuerpos se apiló junto al mío sin dejar un angustioso milímetro de distancia, sus gemidos resquebrajaban mis tímpanos.
En aquella cámara oscura morábamos miles de almas, miles de cuerpos apretujados, atenazados por afiladas estacas, sudorosos y agotados por el esfuerzo de intentar vivir siendo uno mismo.




 La foto es de Gustavo Calle Gracey

sábado, 11 de septiembre de 2010

Los placeres de esta tierra



La alcoba cuela por las rendijas una arenilla finísima, se deposita como un baño dorado sobre los muebles de la habitación

­-¡Apaga ya la luz que son las tantas! Y deja de una vez descansar el ojo, que lo agotas con tanto libro para conservarse bien muerto.

-¿Y tu cómo sabes que hora es?-, pregunta ella con un diente de ironía.

-Por el reloj, listilla, mañana habrá que soltar otra tabla del suelo y barrer el montón para el piso de abajo.



Adelita se estira la melena que por fin le alcanza la cintura, y con un deje de coquetería le dice, Miguel, dame un besitoooo, parpadea salerosa con su único ojo.

Miguel le arranca el ojo de cuajo y lo mete en el vasito de agua de la última cosecha


- ¡A dormir he dicho! Se oye un Crack y el anular sale volando y apaga la vela.

Dos segundos después se oye un toc, toc,

-Quién es, repone Miguel.

-¿Quién va a ser?-, gime Adelita, -la vecina de abajo.

-Pues sacate un poco de cera, anda, que casi se ha agotado la vela-. Se oye la arena silbando despacio de fondo y encima un rasgarse de chapoteo que acaba en un ruido seco cuando la uña abandona el oído ¡Clashhs!. Regresa la tintura amarillenta de sombras y arena.

-¿Que quiere?-. La vecina contesta:- Si fueran tan amables de prestarme la dentadura..., tengo en la cama a los gusanos y creo que están a punto para la cena.

Miguel mira enfadado, no se sabe bien, ya es toda una calavera. Adelita le arranca la dentadura sin contemplaciones y con su potente uña afilada rasga la madera en dos tiempos cortados:

- Son dos gusanitos.




Nota:

Equivoqué zombis con cadáveres:

1-.Los zombis son muertos vivientes .

2-.Los cadáveres viven hasta que se acaben los gusanitos.

Un auténtico placer -según una encuenta elaborada entre los nichos-, también una excelente fuente de babosas y escurridizas proteinas.

¡Buen provecho!                                                                  (Los placeres de esta tierra)

La foto de Rodney Smith

lunes, 23 de agosto de 2010

Tribulación



Pasó su mano cálida sobre  mi espalda, y acarició mi nuca atrayendo hacía sí  mi cuerpo, entonces lo sentí.
Una segunda piel aterradoramente fría también me asía bajo su abrazo, y surcó sus garras arrascando mi dermis.
 Abrí los ojos y la contemplé.
 Abrió su boca y los dientes de marfil se afilaron como agujas en una mueca mezcla de amarga risa, su lengua se expandió  dejando detrás un agujero  negro de absorción, su cuerpo por momentos se diluía en el aire, salvo su mano

 Las uñas afiladas se quedaron clavadas allí como muestra de su poder, la evidencia de su deseo se convirtió en mi desazón.

 

viernes, 9 de julio de 2010

Amor, Amor ¡Este jueves un relato!

¡Amor! ¡Amor!




¡Amor! ¡Amor!     



Irrumpes en las sábanas descolocadas y silbas en mi oído el último hálito de  oscuridad.

-Es tarde, ya amaneció.

El calor que tu cuerpo exhala se despide de mi,  te persigue  rumboso y susurrante por la alcoba, izo mi brazo   y rozo la estela de tu olor, las gencianas se desperezan estirando sus pétalos. Muda la cortina aprovecha para mudar de color; blancas, alpinas, detrás se vislumbran las cumbres del Teleno.

-¿Me dejas? ¿Dónde te vas?, -ya sé que no me escuchas, rechinan  los esquis abrazados al resto del equipo en la moqueta mullida y silenciosa del pasillo.

Una pareja se despide frenética en la otra habitación, los suspiros deshielan el casquete polar al ritmo  vertiginoso que la cama se azota hirviendo  a la pared, el cabecero jocoso emite un jaja jaja  jaja ¡ja!
Y tu regresas  ausente a mi pensamiento  en una nube de cielo cantueso, miras por el ventanal y la sonríes, le haces gestos sutiles con el dedo.

Los copos se balancean como danzarinas a puntas de pie, -y antes de posarse se observan  en mis pupilas-, albinos  a través del vidrio  pegan sus manitas frías, abren los dedos, los ojos y la boca  y se derraman en cristales fundidos como notas acusosas distendiéndose, frotándose al calor que los difumina.


 Efímeros y preciosos, se despiden en ese llanto de cuerda violín.

-¿Cómo no lo comprendí antes?-. Me abrazo al almohadón que se resiste a mi  énfasis y de un salto abro la balconada. Azul tu silla  jalea al teleférico, se columpia  en un ris ras ansisoso, escala las sierras de los picos  y tiembla deleitosa ante la promesa de la cima.

Siempre tu amante escondida tras la nitidez  del  cristal, y  yo en la más evidente oscuridad .

Más viajeros a cuestas con sus relatos.... en casa de Gus 




La pintura es de Edward J.Reed

martes, 29 de junio de 2010

Simplemente la vida...




Trabajo todos los días de 7 a 11, salvo aquellos en los que intercambio el turno con mi amiga Matilde, cuando llevo a la niña al médico.
El servicio de limpieza del ayuntamiento cada vez selecciona  más mujeres que hombres. Dicen que desde que contrataron  la primera, las calles lucen como los chorros de oro. Presumo que no sólo lo aseguran debido al arte con el que arrastramos el cepillo, sino porque somos la voz de la conciencia:
 -¡Niño, ¿Dónde vas? ¿No ves la papelera?
El nacer aquí mismo, puerta con puerta, nos permite dar un toque de efectividad extra a la ardua tarea de dejar impolutas hasta las esquinas más recónditas.
-Señó Manué ¿No le dará a usté vergüenza? Ande, venga pa cá y apague aquí mismo el pitillo, que lo vamo a tirá en su sitio.
Aunque con el uso y el tiempo, si al señor Manuel le apetece algo de cháchara nos la arma para que vayamos detrás. Así se divierte de lo lindo.
En el fondo sigues educando a los viejos, igual que a los niños. La función de madre no se acaba cuando atraviesas el dintel de la entrada, por eso constituimos un plus para la empresa en estas funciones.
Al finalizar mi media jornada compro, recojo a la pequeña y nos vamos a casa.
Despacho la comida con unas buenas lentejas que mi marido reclama hambriento:
-María  ¿Qué tenemos de comer? Traigo una jartá de hambre.
La vida constituye una rutina. Un constante acontecer de lo mismo día tras día. Mi hija supuso el punto de inflexión, le dio la vuelta a la tortilla. 

 
Ahora disfruto con las hojas que el otoño me acerca a los pies, bailan suspendidas en el aire. O al ver el sol jugando, deslizándose sobre los viejos muros de piedra, las fachadas encaladas; ella observa con  fascinación cómo desperezan del invierno  las azaleas, volviendo a florecer. Elenita las roza con sus dedos pequeñitos y si me descuido se las acerca  peligrosamente a la boca, intentando saborearlas.... Su descubrimiento del mundo ilumina los instantes convirtiendo las motas de polvo en naves espaciales.

Concluiréis conmigo en que mi vida transcurre en el marco de la sencillez, trastocada por eventuales accidentes como hoy, en que mi pequeña  guarda cama con una fiebre inusualmente alta. Y yo paso la noche en vela chateando con seres extraños que me preguntan cosas como a qué jugaba de pequeña o cómo fue mi infancia. Una mujer sencilla no se pregunta qué tipo de mentes te asaetean en busca de esas respuestas, por eso entre chat y chat escribo cuentos intentando darle a Elena las respuestas y herramientas que le permitan pensar por si misma y discernir la verdad de la mentira. 

La foto es mía

jueves, 17 de junio de 2010

El Abrelatas



Con el abrelatas que me regalaron,

regresé hasta el tronco del manzano,

aquel donde dejamos incrustados nuestros corazones palpitando.

Recorté con sumo cuidado el mío, lo saqué y volví a prenderlo en mi pecho

Ahora luce con dos brotes tiernos, es un milagro.


(El abrelatas mágico)


 El cuadro pertenece a un pintor llamado el Hortelano.

viernes, 21 de mayo de 2010

Se traspasa inspiración. Interesados recojan su paquete de pañuelillos y pasen por recepción



¡Se traspasa Don!

 

En esta época de sol y flores
                          la emoción me conquista como si yo fuera su caballero bobo montado en un corcel cuya espada sean las letras que expulso al ritmo que marca mi proboscide. Confieso que  me cuesta bastante leer, la verdad, tomé  abono de   pañuelillos y reparto dos estornudos por el precio de uno, amén de que lloriqueo con la ternura de un niño, sin pausa pero sin prisa, con la ventaja de que no gimo sino es estrictamente preciso.
No aconsejo  darme la mano, pues ya sabemos del apremio con que la nariz noble reacciona, y que el gesto más común atendiendo a este ruego es intentar detener la explosión, en vano.
Hago saber al que se acerque que le pongo perdio. Mas como muchos se quejan de falta de inspiración, aquí estoy yo, con este santo remedio, que al tiempo que estornudas te compones unos versos o te da por escribir en el diario unos esbozos entre velas y pañuelillos, los ojos llorosos de elocuencia, ¡¡¡Tremenda!!!.
No es sufrimiento lo que conllevan estas dotes para salvar cualquier texto por intrincado que resulte. Algunos lo llaman alergía, pero ¡Qué más quisieran tener el don de la explosión, del chorreo de palabras como Achús o Jesús!
Lo único ... que como yo ya estoy tan servido, saturado me encuentro de tanto torbellino de emoción y por tal motivo digo:

Si conoces alguien interesado, por favor, dile que traspaso esta extraño efluvio que dotará a sus letras de entusiasmo, sin barreras de contención.

 El autor del cuadro es José Massa Solís, constructivismo lírico cromático, de Miajadas, Cáceres.

lunes, 17 de mayo de 2010

Los títulos los pones tu


Puede que no signifique nada, lo sé,  pero  hoy  una sensación extraña  me pinza las manos y sube por toda mi superficie, como quelíceros que aprisionan mi piel recorriéndola sin que pueda hacer nada al respecto.

¿Será culpabilidad por escuchar conversaciones ajenas?   ¡¡¡No!!! Son ellos los que vienen a mí, se colocan de frente, se pasean, se desnudan, y me hablan constantemente.

¡Shisssss! Ahora no puedo hablar. Luego os sigo contando, llega mi primer usuario.

 
Se aproxima una mujer joven rondando los 25, camina hacia mi titubeando en cada paso, falda ajustada, blusa  rosa comedida, saluda brevemente a un hombre y luego, me mira intensamente y yo la miro estupefacta, es la primera vez que presiento que alguien me entiende. De repente comienza a desvestirse, lentamente se desabrocha la camisa, y luego el sujetador. Se queda desnuda frente a mi,  sus senos pequeños con dos bultitos rosados en el centro apuntándome, los toma con sus manos y habla como si yo no estuviera.

  ¿Demasiado pequeños? Los tapa, los eleva, los esconde entre la yemas de sus manos y fija sus pupilas en mis pupilas. ¡No! ¡Tengo de sobra con ellos y a quien no le guste que no mire!. Se gira, toma su blusa y se coloca la ropa, luego sale contoneando sus caderas con la autoestima enfocando hacia arriba.

Las horas pasan muy despacio, desde mi cuarto  el sonido del tic-tac  amartillea mis oídos, menos mal que el degustar  de unos labios mordisqueando frutas distrae mi atención. Se abre la puerta y me encuentro de frente con una pareja, el sólo lleva un  pantalón corto. . Sus brazos como el pecho, muy musculados la empujan a ella hasta cerrar con sus cuerpos el hueco  y allí, sin miramientos vuelven a sus quehaceres deslizando las manos, reptando sobre los muslos, serpenteando en sus caderas, succionando y emitiendo suaves gemidos rítmicos saturando el ambiente,  roncos los de él, agudos los de ella, como una polifonía de voces entrenadas.

 
Yo como siempre continúo muda pero me entran ganas de decirles:  ¡Oigan, que una no es de piedra!    Y es que a veces hasta me empañan.
Como si supieran lo que pienso recuperan  la compostura, ahora el le ayuda a colocarse las ropas estirándole la falda, y antes de traspasar el dintel de la habitación le da un azote en el trasero con la mano ligeramente hueca, dilatándose en el segundo de contacto.

 
No he terminado con los sudores de unos y aparece sin avisar el siguiente, de él sólo puedo recordar la música de intriga  en  los cascabeles que irrumpieron desde el suelo al tiempo que sus zapatos y … sus ojos reflejados en el filo del cuchillo, helados,  de azabache,  rodeados de agrietadas y terribles arrugas.  Espesas cejas, marañas de pensamientos  lúgubres. Ni siquiera me miró, sólo limpió el filo rojo de la  sangre
y luego le contemplé reflejado como el hielo en su espejo.




Al otro lado de mi perfil de reojo vislumbré, en la calle, la blusa rosa de la muchacha tirada por el hueco de algún descansillo.

Y comprendí... , en un segundo lo supe todo.
Los mordiscos comenzaron de nuevo, la angustia de saber y no poder contarlo …


Intenté gritar , denunciarle.
Lo que conlleva ser una ventana es que disfrutas de momentos apasionados, y otros tristes, muy dolorosos  que nadie imagina que puedan suceder. Resulta muy  emocionante si puedes trasmitirselo a alguien, por eso  mi único consuelo, es Bernarda , la de la limpieza, ella si que disfruta con las andanzas de mis  usuarios y los dimes y diretes del despacho del psicólogo de al lado, que tiene tela. Yo que soy la del servicio adjunto, oigo y veo  de lo lindo. ¡Lo bueno tiene que ser la que se situa al lado del diván!.

 Pero aunque disfruto del privilegio de que Todos se desnuden de verdad frente a mí, como si no importara, hoy el cansancio y los mordicos de los sucesos han podido conmigo, lo único que puedo hacer para quejarme es lo que voy a intentar ahora:

                 Gritar hasta fracturarme

domingo, 16 de mayo de 2010

La noche en que nos encontramos parecía una de romanos

 
3/07/2008

Camino por calles estrechas, de piedra, tu llevas un paño blanco sobre tu cabeza y esa toga que llega hasta las sandalias. Caminas ligero, sólo acierto a ver la suela cuando subimos unos peldaños, entramos en una estancia para lo cual hace falta bajar la cabeza. Las puertas son muy pequeñas para nuestra estatura. Es posible que tú tampoco pertenezcas a este tiempo.
Continuamos  con la luz de una lámpara que apenas ilumina unos pasos por delante de ti. Te sigo como una autómata, de pronto me pregunto por qué te sigo, pero mi curiosidad puede más. Si algo malo me puede pasar ya estoy metida en este laberinto, no hay vuelta atrás. Si la hay no la contemplo, decido que ya decidiré cuando vea a dónde vamos, cuando haya contemplado aquello que quieres mostrarme.
  Un cosquilleo me recorre los brazos, pasamos por una estancia en que los platos están sobre la mesa, las viandas servidas, el vino llega a mi olfato incluso antes de verlo, es una mezcla de frambuesas y madera, incluso parece que lo estoy degustando.
Recuerdo que no cené, ¡con tantas ansias por verte! me acosté con la música suave y la luz de una vela esperando al dormir del otro lado encontrarte.
Las paredes están completamente decoradas, jarrones con flores, un gato sentado  mirándome. Yo diría que la pared es de estuco de un tono rosado, pero mi acompañante no cede a mi interés y hace un gesto con la mano, me impela a continuar. ¡Adiós asado! ¡Adiós Vino!

Descendemos a través de un patio interior, damos vueltas en una escalera que recorre los lados de un cuadrado bastante grande; de cada lado sale una estancia, desciende  la luz  a través del patio.

En uno de los cuartos encuentro una mesa muy grande,  una lámpara encendida en una esquina, y las estanterías de pergaminos con sellos aún lacrados. El olor de las  especias inunda la habitación, los recipientes de cerámica con nombres convenientemente colocados me recuerdan a las vasijas que se utilizaban para llevar aceite en la época de los romanos, sólo que éstas son chiquititas. En el centro de la mesa se encuentra un gran libro, tus manos se muestran saliendo de la manga de la túnica y apuntando al libro. La luz es escasa, trago saliva, intento que mis ojos se adapten rápido a la habitación para distinguir las palabras, agarro las tapas curtidas y descubro una página llena de filigranas, miniaturas con dibujos de flores, en unas grafías extrañas, leo…

Y la luz de la lámpara se apaga, durante un segundo escucho tu respiración a mi lado, cercana, siento que estás mirando mis ojos, y no hay luz, luego … todo se apaga …
 
Suena el despertador y maldigo la hora en que desperté sin llegar a comprender qué pasa, porqué todas las noches me hablas, viajamos, y no consigo entender quién eres, qué quieres, a dónde vamos.

Acabo de darme cuenta que en este libro pueda estar la clave, me voy a trabajar y mientras camino deseo con una sonrisa en los labios que vuelva de nuevo la noche.

 

martes, 11 de mayo de 2010

El nirvana


El nirvana        

Un sol de justicia se impartió el primer día de colegio.
Nos presentamos a las diez en el patio, aseados, repeinados y bañados en colonia de escolar en bote a granel y con una tímida cartera que incluía un cuaderno y un estuche, no se precisaba más.
Jugamos una hora a pillar, al rescate, al balón, nos pusimos al día sobre las vacaciones. Lucía mi pichi rojo, y una blusa blanca de manga corta, veraniega. Por primera vez en mi vida comenzaba el cole con el pelo largo (media melena que fue lo más que conseguí de mi madre).

El aire se constriñó con el temido silbido de la directora de ceremonias. Podía ser bueno si en el reparto de clases te tocaba una con compañeros de otros años o podía ser terrible si te separaban de los amigos, así que nuestras caras, coloradas como tomates mostraban ojos de indecisión.
Formamos filas, nos agrupamos en función de las listas que una señorita leía demorándose en cada nombre y apellidos, muy despacio, despacitooooo.
Ya no estábamos tan guapos ni acicalados, a Elena el pelo se le salía de la coleta y con la mano sudorosa lo estiraba, a Luis parecía que las fieras le hubieran atacado los pantalones, algunos llevaban más tierra en los zapatos que polvo en el patio.
Dieron las doce en aquel redondo reloj que sonaba radiante y dilatado, como un gong metálico que volaba al sonar sobre las alas en uve de un pájaro... Me parecieron un mar de coronillas en fila india, algunas con quiriquis curiosos, indomables, quisquillosos, que en cuanto se desvanecían los efectos de la socorrida colonia “pega todo” volvían a decir ¡Aquí estoy yo! Gritones y orgullosos, fieros y avezados remolinos de pie con puño en alto, siempre en guardia.
La voz a través del megáfono se estiraba, se encogía, se dilaaaataba hasta que me llamó, ¿Me tocaba a mí? ¿Adonde? ¿Cómo? La voz silbaba, y yo la seguiría, así que levanté el pie, que se cayó, después mi brazo se derrumbó, el estuche también, y una madeja de ojos raros y hacinados parpadearon en torno a mí.
-¡¡Quitaos, quitaos!!
Oí lejos, cada vez más lejanos. Mis parpados cerraron como las trapas de las tiendas,  ni siquiera los oí.
El sol se me pegaba a la piel, y la señorita me abofeteaba los oídos.
-¡Aire, aire! ¡Sáquenla de aquí!

Amagué con levantar los parpados, y los dejé caer por su propio peso, de pronto la brisa me acarició , y me encontré a un niño  con un vaso de agua, ¡por fin! Contaba 8 años, como yo, el pelo muy fino y casi castaño claro, la naricilla regordeta, y la mitad de los dientes en reposición, como yo. El niqui gris y el pantalón claro, entre beis y … ese día Daniel y yo nos hicimos amigos. A mí me tocó el grupo D y a él el A.
Jugamos en los recreos siempre en el mismo equipo al rescate, y nos pegábamos, cómplices, con todo aquel que quisiera separarnos. Ese año las muñecas hacía tiempo que me aburrían y a él tampoco le interesaban para mi alegría.
Pasaron los cursos, y  en  sexto el destino nos separó sin remedio, Daniel se trasladó con su familia a vivir a otra ciudad, el trabajo de sus padres lo exigía , y aunque nos escribímos todas los días y mandábamos una carta a la semana, la necesidad del uno por el otro no se saciaba.
La tristeza minó por mucho tiempo mi carácter risueño y juguetón. Sus cartas se distanciaron, se dilató el periodo de recibo. Cuando comencé  el instituto  en mi vida no restaban  posos  aparentes de Daniel.
Cuatro  años después comencé enfermería y con las clases por la mañana nos fueron introduciendo paulatinamente en las prácticas por las tardes, aunque en teoría hasta segundo no nos correspondía. En realidad, nos sacaban de excursión como polluelos, de uno en uno,  a ver los bebés recién nacidos o para observar maquinaria y maniobras de sondaje, para que perdiéramos  un poco el respeto que nos hacía temblar el pulso aún con las inyecciones de  heparina.  Hasta que una tarde nos tocó enfrentarnos cara a cara con el cáncer, y otra descubrimos como funcionaba una UCI, todos esos complicados aparatos que habíamos estudiado estaban allí, impresionaba y mucho el silencio y las caras de los familiares desgarrados por un dolor atroz.
En las  chapas identificativas consta tu nombre,  foto y el concepto de prácticas, pensé que alguien lo leyó  y por eso me llamaban por mi nombre, pero los familiares se acaban de marchar. Quedábamos yo y otra alumna  que hablaba con una enfermera.
No sé por qué me giré si sabía que ninguno de los enfermos podría ser.
Un muchacho lleno de moratones, completamente entubado y conectado a los monitores se debatía entre salir adelante o perderse en los corredores del silencio.
Volví a escucharlo, me llamaban a mí; su voz sonaba cascada, lejana, perdida y curiosamente me resultaba familiar. Me tocaron el hombro y brinqué, algo imperceptible pero brinqué por dentro, todo mi cuerpo se estremeció y a mi cerebro como una metralleta de disparos ineludibles le sacudieron aquellas imágenes. ¡Era él! ¡Sólo él podía decir mi nombre así!¡Sólo él podía mirarme desde arriba en aquel sillón del despacho de la directora, sólo él sabía lo de aquella pelea, sólo el sabía de aquel cofre donde aún guardaba nuestras fotos!¡Sólo el podía mirarme desde ese ángulo, sobre el techo de la habitación!
Entonces sentí   la oscuridad invadiendo la sala como una culebra que se desliza sigilosa, al acecho, reptando entre los lechos de aquellos seres indefensos, como en un tirón inmediato del cordel de su vida, Daniel volvió a su cuerpo maltrecho.
La enfermera me comentó:
-¡Es tan joven, casi un niño!

Aproveché y pregunté
-¿Qué ocurrió?
-Un accidente-, me dijo, y asentí.
Cuando salimos fuera le inquirí sobre las  posibilidades  que tenía de recuperación y su voz se rasgó afectada, bajó los ojos y dejó escurrirse las palabras:
-Nada, se espera el desenlace en cualquier momento.
Sorteé la ciudad en un tiempo récord hasta alcanzar mi casa, abrí aquel  cofre pequeñito con el  papel  bullicioso pintado y lleno de  piratas, que conservaba desde aquellas horas tan remotas de  mi infancia. Y saqué nuestras fotos.
Aquella noche cerrada recobré la ansiedad por la distancia mantenida durante tantos años, recobré aquel deseo perentorio de estar a su lado y me juré a mi misma que no volveríamos a separarnos.
Me tendí en la cama y me relajé inspirando intensamente, expulsaba el aire por la boca, muy despacio, mi cuerpo se fue transformando en un bloque de cemento sin fuerza ni para mover un dedo y mi mente se proyectó lentamente al contacto de su caricia blanquecina en mi mano.

-Te estaba esperando-, me dijo Daniel,  -sabía que tu si me oirías.

















El cuadro es de Antonio López García , el de la niña.
Y la foto de la mujer de Man Ray-3

jueves, 29 de abril de 2010

Un Carraspeo a las Doce ¡¡Pasa si puedes , tontaina!!


Sonaron dos aldabonazos sordos, eran las doce, , me  acababa  de acostar, y titubeé.
 ¿Quién puede ser a estas horas?
Desde la salita la voz argentina de las campanadas se dilató... y Doce,  otra vez,
recelé y como no me apetecía bajar esperé para comprobar  si era un error,
 nadie con sentido común golpea tu puerta a medianoche.

Transcurrieron varios minutos y poco a poco me f u i    r e l  a   j   a   n      d     o,
apagué la luz dispuesta para unos dulces sueños.
 Pero irrumpió desde la misma entrada, atravesando el zaguan y subiendo uno  a  uno los peldaños de las escaleras  una voz GRave, cavernosa,  ATRONADORA y como una MAZA tomando impulso en el aire,
golpeó de nuevo la manilla de metal en ...
Uno,
 Dos,
Tres, ...
hasta Doce golpeteos.

El eco quedó revoloteando en mis tímpanos ateridos de miedo, y puede que de frío.
Se oyo un carraspeo y después...
 ¡ABRE YA!    Grunó con la fiereza de una fiera.
 Y ...se desgarró en hifas sinuosas  que penetraron a través de la herrumbrosa cerradura,  y subieron en cascada
y yo, cobarde, me tapé con las sábanas.
 ......    ......      ...
hasta que un chirrido intentando romper las bisagras me enfureció y espoleada por una fuerza atávica dije:
Pasa si puedes, tontaina!
(La que arme!!)

Parecía que tras la puerta de mi cuarto una bestia herida asaeteaba con gruñidos  la hierática masa de madera perfectamente rasssurrrada.
Y cuando se cansó de esa estrategia puso en hora todos los relojes de la casa para que los tic-tac me marearan,
 luego encontró las viejas campanillas  de mi tía abuela y se apresuraba a sacudirlas  con impaciente desespero, cacareado Campanilleo.
De pronto una suave voz  de lira rota, infantil, me taladró con fingida dulzura silbando un bemol, como una cuerda delicada y aterradoramente falsa.

VEN me dijo TE ESTOY ESPERANDO
Sin saber qué hacer y con una aplastante certeza de lo terrible que me esperaba tras la mirilla resolví tirarme por la ventana

Cuando me lanzaba rasgando el aire frío  laceré la noche con un aliviador GRITO,
  Vi en el suelo  un personaje cadavérico riéndose esTenTóreamente
al tiempo que afilaba  complacido su guadaña.

viernes, 16 de abril de 2010

Dos patas para un banco.El pintor y el caballero de la mano en el pecho.




Toqué la  piel pálida , aquella que no se veía bajo trajes tan pesados, en la rugosidad de la pintura.
Bajé hasta  palpar la mano apoyada sobre su pecho, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, estaba fría. Podía sentir como transcurría la sangre lentamente, saturada, en su viaje de regreso.
Palpité con la fiebre del pintor atrincherado frente a su presencia  detrás del caballete y el tacto de su.... de tu rostro me abrasó las manos. ¡Se pegaban igual que cuanto tocas hielo con los dedos mojados!. Tan sólo tus ojos negros suavizaron las punzadas  de mis dedos al adherirse e intentar desprendese en vano del frío contacto.
Las pupilas vibraban, ví un pestañeo , y exámimé mi alrededor.
Aquel museo estaba atestado de gente .
Volví a posar la mirada en tí y, entre los bigotillos, en aquellos labios finos,  vislumbré la postura de un beso.
 
Me caí de espaldas, literalmente sobre el vacío, y  ... de pronto me encontré sentada en aquel banco frente a frente.
 
Todos continuaban a lo suyo. Dos señores se colocaron a los lados del retrato y comentaron qué pensaría el artista de tan noble hidalgo. Mi voz salió disparada, incontenible, incomprensiblemente alta.
 
    -Pensaba que bajo el blanco y negro, bajo el oscuro, escueto y elegante ropaje se encontraba audaz el fuego; a pesar de que el caballero se sentía tremendamente melancólico.
 
Me miraron, se miraron. Sin dejar de sonreir y me dijeron :
 
    - ¿Cómo lo sabes?
 
Les dije:
 
    -Le he tocado y el artista no era él sino ella, la artist@. Como condición para pintarle, primero se propuso probarle.

Luego..., todos desaparecieron  y ...

Mi cuerpo seguía pegado a aquel  lienzo, quémandome. Abrasado en la austera luz que iluminaba su figura, sintiendo el filo de la espada junto a mi pierna y el tacto blanco de las filigranas en su " puñeta" perfectamente calada. 
Retornaron sus ojos a vibrar frente a los míos, temblando le susurré :

    - Es muy tarde, debo irme.

De súbito sentí un suave cosquilleo en la superficie de mis labios, una caricia ténue y excitante.
 
    -Mañana, vuelve a buscarme.

Y estaba allí, de nuevo, sentada en aquel banco .

Mientras una voz femenina hablaba acariciando las palabras:

  •       -Señores y señoras, en breves momentos el museo cerrará sus puertas. Les agradecemos su visita. Recuerden que los horarios de ...

  Al tiempo que me levantaba le miré por última vez y musité:

    -Mañana volveré a buscarte, hidalgo caballero.

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Comencé a escribirlo, le conocía tan bien... Era como si el siempre hubiera estado a mi lado... y , caí en la cuenta. ¡Claro! ¿Cómo no lo comprendí antes?
Os lo presento, el se llama “El Caballero de la mano en el pecho” y si quisierais verlo de cerca se encuentra en el Museo Nacional del Prado.  Su autor real fue Domenicos Teotocópulos, “el Greco” en la época Renacentista, este sigue una corriente Manierista, muy natural, tanto que yo creo que puede hablar.



Esto lo he tomado de Shi
Gola o Golilla, el babero calado en blanco que rodea su cuello.
La gola o golilla es una prenda propia a iguales tanto de damas de respeto como de gentilhombres de la más alta cuna. Se solía llevar con un jubón de cuello alto en el caso de los hombres, y con cualquier prenda de mujer que también subiera la gola. Es una prenda sobradamente conocida y usada en toda Europa por igual desde el XVI hasta el XVIII.

miércoles, 14 de abril de 2010

¡¡El viento!!

.
.


Aire en movimiento... ¡Viento!




Me dirigía a  la parada del bus un día a comienzos del otoño, el viento soplaba con todas sus fuerzas.
 ¿Sabéis? ¡A él no se le ve a simple vista!
Pero yo sentía su mano empujándome durante todo el trayecto,  y no quiero pasar por loco, aunque… ¡También me habló! No os lo vais a creer,  me dijo que era un mal día para ir en bus porque se encontraba un poco morriñoso. Cuando eso le sucede, al señor viento le da por soplar y soplar, y a veces las casas se levantan suspendidas en remolinos, y en su ojo puedes permanecer muchos kilómetros.
-Es fascinante, aseguró. ¡Y  también muy peligroso!
Así que a pocas manzanas ya de la estación, agotado como estaba  de tan amables empujones, con el pelo alborotado y las cejas que parecían las de un gato me detuve  en la primera boca del metro.
Bajé las escaleras sacudido ahora por una marea de cuerpos humanos, y luché para desprenderme de esa corriente. Saqué de mi maletín el uniforme de los sábados mientras me quitaba  mi viejo abrigo de lana  y el sombrero de fieltro. Al tiempo que  comenzaba a maquillarme sentí cómo los rostros de los  caminantes comenzaban a  dibujarse como seres individuales, ahora  de la marea aparecieron unos coletines, y luego dos manos enlazadas.
-¡Mamá!, ¡mira, un payaso!
Del bolsillo de la derecha tomé una cartulina y con mi rotulador rojo  comencé a escribir:
-ANUNCIO para  los viajeros  con destino al  Sábado literario de Mercedes. Si desean obtener sus entradas acudan aquí.


Un señor con expresión huraña se plantó allí mirando; entonces con un gesto le levanté la mano, como parecía congelado le colgué el cartel y lo giraba de vez en cuando.
La señora con su niña sacó su cartera y preguntó:
-¿Cuánto es?
Tomé mi maletín, la calculadora, y le aseguré:
-¡No tiene usted vidas para pagarlo!
La pequeña me sonrió, alzó la mano y al vuelo cazó una brizna de viento.
-¡Aquí lo tengo!
Del  bolsillo del pantalón saqué una botella al principio minúscula, tomó cuerpo hinchándose cada vez más grande a medida que asomaba. Aunque como iba a contener una brizna se quedó  enana, la descorché y un remolino tremendo atrajo la mano de la pequeña.
-¡Ábrela!-, grité
Cuando la abrió,  la brizna se introdujo sola formando un torbellino  verde muy bonito.
Entre línea y línea de metro apareció en el andén suspendida   una nueva locomotora; la gente  formaba en  fila india, cada uno con su propio maletín y su soplo o su brizna,  su exhalación, su aliento, un bufido, un susurro, un silbido, un suspiro… contenidos en sus manos.
Tomé mi repuesto de botellitas en vidrio y  me coloqué mi visera de  revisor.
Una vez sentado en la máquina, pensé que podía ser un ‘déjà vu’. -¡Pero no!-, me dije.  Conduzco con regularidad este tren y mis viajeros son de lo más  rutinarios  y sus  oficios de lo más monótono: uno es  mercader del  tiempo,  otra lanza Susurros a diestro y siniestro, (todos parecen poseer un elemento en común, me temo que les  encantan los gatos). Incluso un tal  Pipirigayo,  se dedica a hacerme  retratos. A ver si os gusta como quedo.  Y bueno, no os entretengo más que hay arrancar ya.
 -¡¡¡¿Preparados? ¿Listos? Ya!!!                   
¡Agarren el viento!  



Columpiándonos en la tarde, yo y mi calavera.

Yo y mi calavera .


Camino, me pierdo entre mis pensamientos que bailotean columpiándose en la tarde.

Subo un pie y una nube se aleja, lo bajo y se detiene mirándome aturdida.

-¿Hacia dónde vamos?

Eso me pregunto yo, le digo a mi coqueto espejito mágico:

-¿Adónde iremos que no me persiga tu imagen guiñándome un ojo?.


Quisiera despegarte de mi cabeza, dejarte fuera, pero la musiquita se me ha adosado,

y sin quererlo yo, las notas se acomodan en las nubes y para colmo la letra va debajo.

Sigue tarareando: -¡Así de calavera…A mis cuarenta y pocos tacos…!



Ya se que quizá no sea la versión original de la canción, el caso es que me dejaba arrastrar por la calle siguiendo los pasos cotidianos y alguien la iba cantando detrás de mí.

Sonaba como un concierto para dos, pues no había nadie más, sólo él y yo,

la verdad, no lo hacía nada mal. Adapté mi paso al suyo hasta que acabó.

En el tiempo de los aplausos me fugué del escenario.



Aunque desearía que esto fuera sólo una anécdota más, al ver que la música no se despega de mí, regresé después de varios días de probar a escuchar la radio, la tele, hasta un concierto de violín con tal de despojarme de la dichosa canción

como eco en mi interior . Luego, le he buscado en vano a él, el cantante anónimo que ahora se que no andaba al azar sino que seguía mis pasos buscando deshacerse de la canción, como ahora yo.¡He probado hasta con una copla!.

Incluso intenté darle esquinazo simulando un blues mientras bajaba la escalera.


De pronto una bombillita ha incendiado sus hilos y me he lanzado detrás

del primer transeúnte que ha pasado cantando:


-¡A mis cuarenta y pocos tacos ….Así sigo de guapo. Así de calavera!


Mimí


El Blues De Lo Que Pasa En Mi Escalera

(Joaquín Sabina)

El más capullo de mi clase (¡que elemento!)
llegó hasta el Parlamento
y, a sus cuarenta y tantos años,
un escaño
decora con su terno
azul de diputado del gobierno.
Da fe de que ha triunfado
su tripa, que ha engordado
desde el día
que un ujier le llamó su señoría
y cambió a su mujer por una arpía
de pechos operados.

Y sin dejar de ser el mismo bruto
aquel que no sabía
ni dibujar la o con un canuto.

El superclase de mi clase (¡que pardillo!)
se pudre en el banquillo
y, a sus cuarenta y cinco abriles,
matarile,
y a la cola del paro
por no haber pasado por el aro.
Vencido, calvo y tieso
se quedó en los huesos
aquel día
que pilló a su mujer en plena orgía
con el miembro del miembro (¡que ironía!)
más tonto del Congreso.

Y sin dejar de ser el mismo sabio
que, para hacer poesía,
sólo tenía que mover lo labios.

Y yo que no soy más
listo ni tonto que cualquiera,
a mis cuarenta y pocos
tacos,
ya ves tú,
igual
sigo de flaco,
igual de calavera,
igual que antes de loco
por cantar,
por cantar el blues
de lo que pasa en mi escalera.

La más maciza de mi clase (¡que cintura!)
cotiza la hermosura
y, a sus cuarenta y pico otoños,
hasta el moño
del genio del marido,
huyó con otro menos aburrido.
Tanto ha prosperado que un Jaguar ha estrenado
el mismo día
en que la divorció de la utopía
un talón con seis ceros que le había
firmado un diputado.

Y sin dejar de ser la seductora
bruja que escondía
bajo la falda una calculadora.

Y yo pobre mortal,
que no he gozado sus caderas,
a mis cuarenta y pocos
tacos,
ya ves tú,
igual
sigo de flaco,
igual de calavera,
igual que antes de loco
por cantar,
por cantar el blues
de lo que pasa en mi escalera.

Por lo demás ni más
ni menos larga que cualquiera
a mis cuarenta y pocos
tacos,
ya ves tú,
igual
sigo de flaco,
igual de calavera,
igual que antes de loco
por cantar,
por cantar el blues
de lo que pasa en mi escalera,
por cantar el twist
de las verdades verdaderas.

Por cantar... el bolero que canta mi portera.
Por cantar... una rumba gitana y canastera.
Por cantar... aquel tango el día que me quieras.
Por cantar... loco por incordiar a los horteras.
Por bailar... bajo la lluvia sobre las aceras.
Por cantar... vallenatos que amansen a las fieras.
Por cantar... hasta que salga el sol por Antequera.
Por cantar... con mi primo Rosendo a su manera
de vivir..... siempre con gente, siempre solateras.
Por cantar... el rock and roll de las gasolineras.
Por cantar... un merengue pegado a una palmera.
Por cantar... camino de la Habana una habanera.
Por cantar... un mambo con smoking y chistera.
Por tocar.... esa guitarra carabanchelera.
Por cantar... hoy en Pekín, mañana en Talavera.
Por cantar... el bugui-bugui de las carreteras.
Por cantar... allá en el rancho grande una ranchera.
Por cantar... como si el almanaque no existiera.
Por seguir... dando el cante hasta el día que me muera.
Por cantar... un calipso contra la ley Corcuera.
Por cantar... si pones otra ronda, tabernera.
Por cantar... en la calle, en el curro, en la bañera.
Por cantar... menos un bakalao lo que quieras.
Por silbar... al paso de una guapa peluquera.
etcétera.





Se lo dedico a aquellos que cumplen siempre los mismos años.

La mujer de Van Gogh

No se cortò un pelo, sin prejuicios le importaba un pimiento que pensaran "que eso no tenía nada de académico". Tomó el pin...