viernes, 16 de abril de 2010

Dos patas para un banco.El pintor y el caballero de la mano en el pecho.




Toqué la  piel pálida , aquella que no se veía bajo trajes tan pesados, en la rugosidad de la pintura.
Bajé hasta  palpar la mano apoyada sobre su pecho, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, estaba fría. Podía sentir como transcurría la sangre lentamente, saturada, en su viaje de regreso.
Palpité con la fiebre del pintor atrincherado frente a su presencia  detrás del caballete y el tacto de su.... de tu rostro me abrasó las manos. ¡Se pegaban igual que cuanto tocas hielo con los dedos mojados!. Tan sólo tus ojos negros suavizaron las punzadas  de mis dedos al adherirse e intentar desprendese en vano del frío contacto.
Las pupilas vibraban, ví un pestañeo , y exámimé mi alrededor.
Aquel museo estaba atestado de gente .
Volví a posar la mirada en tí y, entre los bigotillos, en aquellos labios finos,  vislumbré la postura de un beso.
 
Me caí de espaldas, literalmente sobre el vacío, y  ... de pronto me encontré sentada en aquel banco frente a frente.
 
Todos continuaban a lo suyo. Dos señores se colocaron a los lados del retrato y comentaron qué pensaría el artista de tan noble hidalgo. Mi voz salió disparada, incontenible, incomprensiblemente alta.
 
    -Pensaba que bajo el blanco y negro, bajo el oscuro, escueto y elegante ropaje se encontraba audaz el fuego; a pesar de que el caballero se sentía tremendamente melancólico.
 
Me miraron, se miraron. Sin dejar de sonreir y me dijeron :
 
    - ¿Cómo lo sabes?
 
Les dije:
 
    -Le he tocado y el artista no era él sino ella, la artist@. Como condición para pintarle, primero se propuso probarle.

Luego..., todos desaparecieron  y ...

Mi cuerpo seguía pegado a aquel  lienzo, quémandome. Abrasado en la austera luz que iluminaba su figura, sintiendo el filo de la espada junto a mi pierna y el tacto blanco de las filigranas en su " puñeta" perfectamente calada. 
Retornaron sus ojos a vibrar frente a los míos, temblando le susurré :

    - Es muy tarde, debo irme.

De súbito sentí un suave cosquilleo en la superficie de mis labios, una caricia ténue y excitante.
 
    -Mañana, vuelve a buscarme.

Y estaba allí, de nuevo, sentada en aquel banco .

Mientras una voz femenina hablaba acariciando las palabras:

  •       -Señores y señoras, en breves momentos el museo cerrará sus puertas. Les agradecemos su visita. Recuerden que los horarios de ...

  Al tiempo que me levantaba le miré por última vez y musité:

    -Mañana volveré a buscarte, hidalgo caballero.

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Comencé a escribirlo, le conocía tan bien... Era como si el siempre hubiera estado a mi lado... y , caí en la cuenta. ¡Claro! ¿Cómo no lo comprendí antes?
Os lo presento, el se llama “El Caballero de la mano en el pecho” y si quisierais verlo de cerca se encuentra en el Museo Nacional del Prado.  Su autor real fue Domenicos Teotocópulos, “el Greco” en la época Renacentista, este sigue una corriente Manierista, muy natural, tanto que yo creo que puede hablar.



Esto lo he tomado de Shi
Gola o Golilla, el babero calado en blanco que rodea su cuello.
La gola o golilla es una prenda propia a iguales tanto de damas de respeto como de gentilhombres de la más alta cuna. Se solía llevar con un jubón de cuello alto en el caso de los hombres, y con cualquier prenda de mujer que también subiera la gola. Es una prenda sobradamente conocida y usada en toda Europa por igual desde el XVI hasta el XVIII.

2 comentarios:

Pepi dijo...

Me gustó tu relato, me encanta la pintura y puedo pasar mucho tiempo observándola, al igual que tu protagonista. A mí me encantó en Toledo, el entierro del conde de Orgaz, estuve largo rato admirándolo, la transparencia de la casulla del cura, es algo increíble, hay que verlo para creerlo. Besitos.

Juan Bautista Moreno Román dijo...

Precioso relato.

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