martes, 29 de junio de 2010

La vuelta a la tortilla ... Tourne l´omelette




Trabajo todos los días de 7 a 11, salvo aquellos en los que intercambio el turno con mi amiga Matilde, cuando llevo a la niña al médico.
El servicio de limpieza del ayuntamiento cada vez selecciona  más mujeres que hombres. Dicen que desde que contrataron  la primera, las calles lucen como los chorros de oro. Presumo que no sólo lo aseguran debido al arte con el que arrastramos el cepillo, sino porque somos la voz de la conciencia:
 -¡Niño, ¿Dónde vas? ¿No ves la papelera?
El nacer aquí mismo, puerta con puerta, nos permite dar un toque de efectividad extra a la ardua tarea de dejar impolutas hasta las esquinas más recónditas.
-Señó Manué ¿No le dará a usté vergüenza? Ande, venga pa cá y apague aquí mismo el pitillo, que lo vamo a tirá en su sitio.
Aunque con el uso y el tiempo, si al señor Manuel le apetece algo de cháchara nos la arma para que vayamos detrás. Así se divierte de lo lindo.
En el fondo sigues educando a los viejos, igual que a los niños. La función de madre no se acaba cuando atraviesas el dintel de la entrada, por eso constituimos un plus para la empresa en estas funciones.
Al finalizar mi media jornada compro, recojo a la pequeña y nos vamos a casa.
Despacho la comida con unas buenas lentejas que mi marido reclama hambriento:
-María  ¿Qué tenemos de comer? Traigo una jartá de hambre.
La vida constituye una rutina. Un constante acontecer de lo mismo día tras día. Mi hija supuso el punto de inflexión, le dio la vuelta a la tortilla. 

 
Ahora disfruto con las hojas que el otoño me acerca a los pies, bailan suspendidas en el aire. O al ver el sol jugando, deslizándose sobre los viejos muros de piedra, las fachadas encaladas; ella observa con  fascinación cómo desperezan del invierno  las azaleas, volviendo a florecer. Elenita las roza con sus dedos pequeñitos y si me descuido se las acerca  peligrosamente a la boca, intentando saborearlas.... Su descubrimiento del mundo ilumina los instantes convirtiendo las motas de polvo en naves espaciales.

Concluiréis conmigo en que mi vida transcurre en el marco de la sencillez, trastocada por eventuales accidentes como hoy, en que mi pequeña  guarda cama con una fiebre inusualmente alta. Y yo paso la noche en vela chateando con seres extraños que me preguntan cosas como a qué jugaba de pequeña o cómo fue mi infancia. Una mujer sencilla no se pregunta qué tipo de mentes te asaetean en busca de esas respuestas, por eso entre chat y chat escribo cuentos intentando darle a Elena las respuestas y herramientas que le permitan pensar por si misma y discernir la verdad de la mentira. 

La foto es mía
y el texto

lunes, 28 de junio de 2010

Historias alrededor de una taza de café


Historias alrededor de una taza de café

- ¿Café ?
- No, té.
- ¿Azúcar ?
- No, sacarina
-¡Hija, Belén qué finolis te has vuelto al paso de los años!
-Jajajaj, ¡qué más quisiera yo!, Gema, esto es obra de mi médico de cabecera. Desciende con las manos por su busto hasta regodearse en la silueta casi plana de la tripa mientras estira la cabeza hacia atrás como una modelo, en una pose estudiada.

Las dos mujeres asienten y sonríen, la radio da el parte de las doce, Belén se levanta, se despoja de su chaqueta turquesa y toma las cortinas estrujándolas mientras proyecta su nariz regordeta hasta el ventanal.
-¿Pero dónde se habrá metido Martina?

En la calle se pasea aún la algarabia de un domingo de ramos. Las palmas se plantan al lado de los zapatos relucientes, las camisas de estreno, los críos correteando, la gente deja tras de si los pasos de otros niños, -aquellos que fueron ayer- embutidos en la primavera de su vida.

-¡Como tarde más no lo voy a poder resistir!- Gema suelta la cortina y Belen asciende al piso superior con la ilusión repiqueteando en la puntera de sus zapatos, regresa con una cajita ancha y aplanada, la aprieta con entusiasmo. Los lazos verdes y oro se desparraman en espirales entre sus dedos ya vividos, trabajados y aún consolidados.
Se oye un ligero manoseo en la puerta, alguien golpea la ventana, Belén la despeja   y la luz se cuela de rondón, las manos pálidas de Martina se apegan al cristal mostrando el adios de un anillo en la palidez de su dedo
- ¡Por fin! Martina, ¿dónde te metiste?- impaciente Gema la acompaña por el zaguán hasta alcanzar la sala sin darle tiempo a hablar, sin detenerse en la rigidez de su rostro.
-¡Por fin, Martina!- Belen, se levanta y la abraza con la efusividad de una colegiala.
-¿Café?- ofrece Gema.
-No gracias, responde la recién llegada, Martina, con un amago de sonrisa.
- Nada, que nos hemos pasado las tres al té-, responde Belén.
- En realidad no, no me convienen los excitantes.
Como si fuera una broma Gema le pasa la mano por la cara, como un ciego en ese gesto de necesitar tocar para ver y con toda la dulzura del mundo añade:
- Vale, que a tus años te has pasado a la cerveza y las demás nos hemos quedado en el café-, coloca el envoltorio sobre la mesa y con voz radiante añade: -¿A que no sabéis qué es?
Se miran expectantes a los ojos,  el brillo desvanece las arrugas ya selladas en sus piel, Gema parece mucho mayor, su cara está quemada por el sol y sus manos curtidas surgen de las mangas de una blusa beis, de las de siempre. Belen viste con vaqueros, el pelo con rabos sobresalientes teñidos en rubio que le dan un toque hipermoderno, su ropa comprada en tiendas de alta costura descompone las formas de la manga en una forma extraña. Martina ha adelgazado, su cabello encaneció en algún momento entre Navidad y este domingo de reencuentro, su voz clarea entre la sobriedad y una inexplicable timidez, su ropas se despojaron de toda forma vital y se difuminan en tonos vagos entre el pardo y el gris.
Belén absorta rasga el papel que envuelve el regalo, y Gema, -la única que permanece en el pueblo-,  contiene una gran sonrisa.

-¡Son fotos, nuestras fotos enmarcadas!

Tres niñas con babis de colegio parecen apoyadas en una sola silla, las coletas pizpiretas se apretujan con las cabezas como si temieran no caber en el exiguo espacio de una foto, los dientes de las muchachas desvelan la muda y el que le falta a una lo tiene otra, las naricillas sustentan un haz de miradas risueñas.
Martina emite chillidos a saltos, como si los contuviera desde el día de aquella foto escolar:
- ¿Pero cómo la conseguiste? Gema orgullosa eleva los hombros y luego los deja caer, luce una dentadura perfecta.
-¡Todavía me acuerdo del día que pusimos picapica en el baño de la seño y a partir de ahí cerraron siempre las puertas!
Sus recuerdos saltan en un griterío de anécdotas, mientras el café, la leche y  el té se enfrían ; y la narradora omnisciente -que soy yo- se aleja como si fuera una cámara desplazándose de espaldas a la puerta, y desenfoca la escena, amortigua sus voces en la distancia. Desde la calle se contemplan las cortinas del salón decoradas con  bordados, con los tiestos llenos de frondosas alegrías.
¡Ah...la vida!

                                                          y se escabulle entre los dinteles
                                                                                              de cualquier rincón.
                                        calle arriba
                       corre
La vida


La cámara recoge la imagen de la calle serpenteante, alargada y  en cuesta,  poco a poco deja en el aire la plaza, las callejuelas bulliciosas  y el zoom muestra un pueblecito perdido en la dehesa, un mar de encinas salpicadas de flores, los olivos con sus filigranas blancas en sazón, una horda de cigüeñas cazando como amigas y el sol caliente que pinta las lomas de morados fugaces, pinceladas de bermellón, de amarillos recién nacidos, de jaras algodonosas que tiemblan al contacto con el aire y destilan un penetrante olor.


jueves, 17 de junio de 2010

El Abrelatas



Con el abrelatas que me regalaron,

regresé hasta el tronco del manzano,

aquel donde dejamos incrustados nuestros corazones palpitando.

Recorté con sumo cuidado el mío, lo saqué y volví a prenderlo en mi pecho

Ahora luce con dos brotes tiernos, es un milagro.


(El abrelatas mágico)


 El cuadro pertenece a un pintor llamado el Hortelano.

Donde tus pies te lleven