viernes, 17 de septiembre de 2010

La cámara oscura






La oscuridad me abofeteó en la entrada y luego bruscamente me absorbió. No pretendía avanzar, me atemorizaba el miedo a un tropiezo; la corriente gélida se adosaba a mí y percibí los cristales como agujas pinchándome.
Una mano  furiosa  golpeó mi espalda impeliéndome al centro de la sala; al menos eso pensé durante un eterno ... segundo, creí que me encontraba sola en el lóbrego cubículo. Arrastraba como un pesado bagaje mis remordimientos, mis dolores, mis ausencias, mis insatisfacciones, y un largo etcétera. que embardunarían las paredes de la estancia con sus palabras tatuadas como poemas por toda mi piel.
Noté una respiración, se acercó robándome impúdico mi espacio vital; y de pronto tomé conciencia: el aposento que sospeché propio hallábase repleto de seres atormentados, dolidos, sedientos, apaleados, trasmutados y escocidos por la vida...
¡Igual que yo! Tanto así que el olor de la transpiración saturó mi olfato, el tacto de sus cuerpos se apiló junto al mío sin dejar un angustioso milímetro de distancia, sus gemidos resquebrajaban mis tímpanos.
En aquella cámara oscura morábamos miles de almas, miles de cuerpos apretujados, atenazados por afiladas estacas, sudorosos y agotados por el esfuerzo de intentar vivir siendo uno mismo.




 La foto es de Gustavo Calle Gracey

sábado, 11 de septiembre de 2010

Los placeres de esta tierra



La alcoba cuela por las rendijas una arenilla finísima, se deposita como un baño dorado sobre los muebles de la habitación

­-¡Apaga ya la luz que son las tantas! Y deja de una vez descansar el ojo, que lo agotas con tanto libro para conservarse bien muerto.

-¿Y tu cómo sabes que hora es?-, pregunta ella con un diente de ironía.

-Por el reloj, listilla, mañana habrá que soltar otra tabla del suelo y barrer el montón para el piso de abajo.



Adelita se estira la melena que por fin le alcanza la cintura, y con un deje de coquetería le dice, Miguel, dame un besitoooo, parpadea salerosa con su único ojo.

Miguel le arranca el ojo de cuajo y lo mete en el vasito de agua de la última cosecha


- ¡A dormir he dicho! Se oye un Crack y el anular sale volando y apaga la vela.

Dos segundos después se oye un toc, toc,

-Quién es, repone Miguel.

-¿Quién va a ser?-, gime Adelita, -la vecina de abajo.

-Pues sacate un poco de cera, anda, que casi se ha agotado la vela-. Se oye la arena silbando despacio de fondo y encima un rasgarse de chapoteo que acaba en un ruido seco cuando la uña abandona el oído ¡Clashhs!. Regresa la tintura amarillenta de sombras y arena.

-¿Que quiere?-. La vecina contesta:- Si fueran tan amables de prestarme la dentadura..., tengo en la cama a los gusanos y creo que están a punto para la cena.

Miguel mira enfadado, no se sabe bien, ya es toda una calavera. Adelita le arranca la dentadura sin contemplaciones y con su potente uña afilada rasga la madera en dos tiempos cortados:

- Son dos gusanitos.




Nota:

Equivoqué zombis con cadáveres:

1-.Los zombis son muertos vivientes .

2-.Los cadáveres viven hasta que se acaben los gusanitos.

Un auténtico placer -según una encuenta elaborada entre los nichos-, también una excelente fuente de babosas y escurridizas proteinas.

¡Buen provecho!                                                                  (Los placeres de esta tierra)

La foto de Rodney Smith

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