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miércoles, 7 de abril de 2010

¡Hostia, qué soledad! ... Las cosas que encuentro


    En noviembre del año pasado arreció el frío, necesitábamos proveernos de un abrigo consistente. Yo recuperé una bufanda de borlitas como las que me ponía mi madre en la infancia ( entonces las odiaba) y una chamarra impermeabilizada con grasa de caballo, herencia familiar.

    Los domingos solían invitarme a comer en la “cerca” de unos amigos. Así se denominan aquí, en Extremadura, a las casas de campo; las casonas de más al norte, los caseríos, o los llamados cortijos en Andalucía.

   Desde el portalón de la finca se apreciaba el cielo de un índigo desguarnecido. Se resquebrajó como un cristal helado y comenzó a matizarse con algodonosas pinceladas rosas  tiñendo  el horizonte. Las longevas montañas se encabalgaban en la lejanía,  parecían desertar a paso lento e inequívoco a medida que caía el ocaso. 
   Ocurrió en las *postrimerías de la navidad. Uno de aquellos paseos invernales después de la comida me llevó hasta una  caseta donde un montón de pavos gloriosos gorgoteaban con júbilo “glup glup glup”, ajenos a su desafortunado destino. Lucían ese impresionante ropaje de acicaladas plumas  negras y adornos colorados por cresta. Desde entonces mi empeño no *cejó en sacarles una foto, una única foto  que certificara su paso efímero por este mundo. Una instantánea igual a la de la naturaleza que admiramos  y nos parece inmutable, aunque en el fondo todos sabemos que sólo es cuestión de tiempo y proseguimos con nuestra misma aptitud para que desaparezca.
   Lo intenté por todos los medios, pero aquellos señoritingos pavitos no se mostraron dispuestos a dejarse retratar, y pasó la navidad. Cuando regresé, la caseta yacía en un silencio desconsolado y donde antes reinaba la algarabía, el gélido enero limpió con sus perfiles blanquecinos los rastros de su paso.

   Por eso cuando descubrí este hermoso ejemplar  en el blog de Miguel Sánchez Robles recuperé la sonrisa del recuerdo y me dispuse a leer...                           

Mimí   
  
     
     ¡Hostia, qué soledad!

Éramos nueve en un bar alrededor de una mesa tomando muchos yintonic un domingo de junio a las ocho en punto de la tarde. Uno de ellos hablaba de que los pavos vuelan poco, vuelos cortos de cinco o seis metros y generalmente cuesta abajo. Él y yo sacamos el tema de los pavos negros, no sé por qué, pero el tema de los pavos negros salió. Yo le pregunté sobre cómo vuelan los pavos cuesta arriba, por qué no cuesta arriba. Le pregunté cuándo había tenido pavos, dónde, cómo era cuidar setenta pavos en Navares de crío y con pantalones cortos en invierno. Nos reíamos, él y yo, y era como estar aprendiendo algo, celebrando la vida o algo muy parecido a celebrar la vida. Hablar de pavos, de cómo vuelan los pavos y hacen la rueda, porque los pavos hacen muy bien la rueda, se engrifan y arrastran tensas las alas por el suelo. Ya no hay gente joven que sepa cómo hacen la rueda los pavos. Pero estábamos allí hablando de eso y me parecía hermoso y apropiado para un domingo por la tarde hablar de ese asunto bebiendo muchos yintonic. Los demás nos miraban un poco con pena o compasión o asquito. Se notaba mucho que no les gustaba el tema de los pavos negros. Entonces salió el tema fútbol. Ese fútbol de ahora que están jugando en un lugar de África. Y todos ellos, incluido el que había criado pavos negros de crío en Navares con pantalón corto hace cincuenta y dos años exactos, encontraron como una especie de resurrección en eso. Hablaban con mucho interés de que Estados Unidos se iba a clasificar y de que Italia no, o al revés. Hablaban de que Egipto le había metido dos goles a otro equipo. Hablaban de una cosa que se llamaba “gol aveland”, dijeron veinte o treinta veces esa palabra: “gol aveland”, “gol aveland”, “gol aveland”. ¡Hostia, cómo decían esa palabra! ¡Cómo decían se clasifica Italia, se clasifica Estados Unidos, se clasifica, se clasifica, se clasifica,…! Y me conmovía y asustaba lo poco que me importaba a mí todo eso: La clasificación, el fútbol, el “gol aveland”. Entonces sentí: ¡Hostia, qué soledad! Puse un interés especial por escucharlos y tratar de entender en qué radicaba la importancia, el interés, el atractivo vital de saber si se clasificaba Egipto, Italia, Estados Unidos o Brasil, y no entendía nada, no entendía nada, no entendía nada. Sólo pensaba, como nunca he sentido, como nunca he pensado: qué soledad, qué soledad, qué soledad. Y me acordé de ese mismo día por la mañana paseando por Murcia, Murcia vacía un domingo a las ocho de la mañana, recorriendo Murcia yo solo y, al pasar por una librería, en un escaparate enorme en que siempre hay un abanico amplio de eso que se llama “últimas novedades”, ver todo el escaparate, ¡todo!, ¡entero!, lleno del mismo libro, el mismo libro, el mismo libro, el último libro de la serie Milenium, ese libro que vendió doscientos o trescientos mil ejemplares la primera tarde que salió al mercado. ¡Habían quitado todos los demás libros! ¡No había ni un solo ejemplar de otro libro cualquiera! Todos los libros eran el mismo libro, el mismo libro, el mismo libro. Setenta u ochenta ejemplares del mismo libro puestos allí uno al lado de otro, como obscenamente repetidos y clonados, uno al lado de otro, uno al lado de otro, uno al lado de otro. Recuerdo que me pregunté solo y en voz alta a mí mismo, delante del escaparate, a las ocho de la mañana, como si el escaparate o yo estuviésemos uno de los dos loco: ¿Pero cómo en una librería pueden hacer una cosa así? Y también sentí: ¡Hostia, qué soledad, qué soledad, qué soledad! Como cuando paso canales en el televisor y me detengo a ver a Belén Esteban hablando de la comunión de su hija o Anne Igatirburu hablando de la casa de Cristiano Ronaldo. ¡Hostia qué soledad! Qué solos en realidad estamos algunos ante todo lo que ocurre y de la manera que ocurre en este mundo. Y qué solos también, aunque no se den cuenta, aunque no lo sepan ni lo vayan a saber nunca, están los que se interesan por el “gol aveland” y el último best sellers que proyecta la industria y la comunión de la hija de Belén Esteban y la futura casa de Cristiano Ronaldo. ¡Hostia, qué soledad! ¡Qué triste sensación de fuga mundi! ¡Qué ubicuidad de desierto! 
  
                                                                    

No cejar: Insistir
Desguarnecido: desvalido, desamparado, desprotegido.

domingo, 7 de marzo de 2010

Cuento de Navidad


Cuento de Navidad

La luz se cuela entre bastidores,  dedos inquietos indagan en la tapa del contenedor.
Un maullido araña el plástico duro de la noche.
¡El camión de la basura! Son las cinco y este nuestra alarma despertadora.
En una hora escasa el caminar de los zapatos heridos aún por la madrugada se lanzará en picado a la boca del metro.
La culebra se gira nerviosa  en la botella, la acaricio y se calma. Las llamas naranjas se adentran en la cueva entre el olor a basura y a cartones húmedos tapados con plástico, me estiro las medias, primero abajo y luego arriba. Después me repongo los guantes, aún así continúo teniendo frío. Busco el cuerpo de Fermín entre los abrigos y me aferro. No le oigo roncar, me levanto a gatas, alarmada, y tiro de sus ropas, no se altera. ¿Tanto ha bebido?
Dos golpes escuetos y el cajón vuelve a su sitio vacío, el ronroneo de la luz naranja se aleja, me deja a oscuras con la soledad. Fermín se ha ido, no necesito tomarle el pulso, la funesta certeza  se convierte en un silencio impenetrable y por más que escudriño no veo nada, la ciudad se ha quedado en silencio, demasiado silencio.
La serpiente sale de la botella, desencaja su mandíbula y me dice
¡Bebe!
Las cucarachas suben por las alcantarillas y cuando llegan a mi me incitan:
¡Bebe! ¡Bebe! ¡Bebe!
Las culebrillas se apoderan de mis manos temblorosas, y me agito, intento quitarlas. Fermín se ha ido, no es momento para que vuelvan, las chillo para espantarlas pero me muerden, me muerden, me muerden. Clavan sus agujas en la piel y me inoculan la sed.

El ruido es inaguantable, y aún así destaca la sirena
-¡Fermín, levanta! Hay que hacer el petate, que ya vienen los pesados.
-¡Feliz Navidad!-, se oye.
-¡Mierda! ¡Me lo he hecho encima!  ¡Fermín! Vamos, que ya sabes lo que ocurre si nos pillan.
Las punteras asaltan el hall de nuestro itinerante hogar.
-¡Buenas! La linterna me ciega
-¡Fermíiiin! Tiro de su abrigo mientras permanezco inclinada, no responde, de pronto una sensación vaga se vuelve patente. Un mordisco de hielo me sube hasta la garganta.
El agente lo enfoca, las pupilas vidriosas, la mirada perdida, la boca desencajada.

Las luces naranjas regresaron, yo quería ir con él, pero no me lo permitieron. Se alejaron aullando y nuestro techo cayó desmantelado. He preguntado si puedo verle, el agente me mira, todos llevan guantes y mascarillas.
Estoy despierta, los laberintos de la memoria juegan. No sé qué día, uno como hoy, llegaron también los azules y se sentaron en el salón, yo también me senté.
Hablaron de los cristales rotos, la carretera, y no lo volví a ver.
Por primera vez en mi vida me acerqué al mueble bar y volqué la botella sin mirar, sin hielo, sin coca-cola. Me abrasó pero no dolía tanto como la noticia que me acababan de dar.
Y ya no lo dejé, no ha vuelto a ser Navidad.


Me han bañado en una sala blanca de baldosas grandes y suelo rugoso, les he voceado que yo no lo necesito. Las culebrillas corrían por el agua, he pasado mucho miedo, luego me han cortado el pelo sujetándome la cabeza. No sé que me dieron, estoy aturdida, alelada. No me han dejado ninguna botella.
Cabeceo sobre la silla y despierto. Ahí está el, el pelo rizado y la tez morena, los ojos brillantes como el azabache,  igual que Javier cuando se fue, acababa de cumplir los treinta. Tamborilea los dedos sobre la mesa mientras mira una pantalla.
Sonríe y se me parte el alma.
Grito con todas las fuerzas: - ¡Sáquenme de aquí!
La luz me ataca proyectándose sobre mis ojos, con la mano consigo sombra sobre mi frente. ¡Mejor! ¡Si pudiera bajar también el volumen de los ruídos!
El me mira impasible y habla muy despacio, con mucha calma, dos mozos de pijama blanco se han colocado detrás de mí.
-Necesitamos que nos hable de Fermín.
-¿Fermín? -. digiero. ¡Ah, Fermín!
Me siento, el joven  asiente y escucha.
-Lo conocí en la calle.
-¿Sabe su apellido?
-¿Fernández? ¿Suárez?-. Mi cabeza se volvió espesa, no quería recordar y poco a poco lo relegué  todo, las caras de mis amigos ..., pero no pude olvidar quién era Javier, y en cada muchacho, en cada coche encontraba un Javier que me miraba con ojos de niño, que se iba a matar, y yo me tiraba sobre el capó para salvarlo día tras día, anochecer tras anochecer.
-¡Javier!
-¿Perdón?  Se ha acercado para oírme, la voz sale con dificultad.
-No, nada
-¿Quién es Javier?
-Era-. Han pasado ocho años
El joven se acomoda y junta las manos.
-Le diré lo que haremos, la curaremos, se pondrá bien.
No puedo evitarlo; me río, me río con todas las ganas, y al final mi risa estruendosa se rompe de pena.
-¿Para qué?

-¿Para qué?  Se lo digo mientras me levanto con poses de reina, y le dejo allí, me acompañan los enfermeros.

Al alcanzar la puerta  me giro y le sacudo con un:
-No vuelva a decirme ¡Feliz Navidad!


Tardes de septiembre y fútbol

Domingo por la tarde. Lluvisquea, el cielo se ha paseado por delante del ventanal haciendo muecas irónicas... El domingo se desploma en la l...