viernes, 21 de mayo de 2010

Se traspasa inspiración. Interesados recojan su paquete de pañuelillos y pasen por recepción



¡Se traspasa Don!

 

En esta época de sol y flores
                          la emoción me conquista como si yo fuera su caballero bobo montado en un corcel cuya espada sean las letras que expulso al ritmo que marca mi proboscide. Confieso que  me cuesta bastante leer, la verdad, tomé  abono de   pañuelillos y reparto dos estornudos por el precio de uno, amén de que lloriqueo con la ternura de un niño, sin pausa pero sin prisa, con la ventaja de que no gimo sino es estrictamente preciso.
No aconsejo  darme la mano, pues ya sabemos del apremio con que la nariz noble reacciona, y que el gesto más común atendiendo a este ruego es intentar detener la explosión, en vano.
Hago saber al que se acerque que le pongo perdio. Mas como muchos se quejan de falta de inspiración, aquí estoy yo, con este santo remedio, que al tiempo que estornudas te compones unos versos o te da por escribir en el diario unos esbozos entre velas y pañuelillos, los ojos llorosos de elocuencia, ¡¡¡Tremenda!!!.
No es sufrimiento lo que conllevan estas dotes para salvar cualquier texto por intrincado que resulte. Algunos lo llaman alergía, pero ¡Qué más quisieran tener el don de la explosión, del chorreo de palabras como Achús o Jesús!
Lo único ... que como yo ya estoy tan servido, saturado me encuentro de tanto torbellino de emoción y por tal motivo digo:

Si conoces alguien interesado, por favor, dile que traspaso esta extraño efluvio que dotará a sus letras de entusiasmo, sin barreras de contención.

 El autor del cuadro es José Massa Solís, constructivismo lírico cromático, de Miajadas, Cáceres.

lunes, 17 de mayo de 2010

Los títulos los pones tu


Puede que no signifique nada, lo sé,  pero  hoy  una sensación extraña  me pinza las manos y sube por toda mi superficie, como quelíceros que aprisionan mi piel recorriéndola sin que pueda hacer nada al respecto.

¿Será culpabilidad por escuchar conversaciones ajenas?   ¡¡¡No!!! Son ellos los que vienen a mí, se colocan de frente, se pasean, se desnudan, y me hablan constantemente.

¡Shisssss! Ahora no puedo hablar. Luego os sigo contando, llega mi primer usuario.

 
Se aproxima una mujer joven rondando los 25, camina hacia mi titubeando en cada paso, falda ajustada, blusa  rosa comedida, saluda brevemente a un hombre y luego, me mira intensamente y yo la miro estupefacta, es la primera vez que presiento que alguien me entiende. De repente comienza a desvestirse, lentamente se desabrocha la camisa, y luego el sujetador. Se queda desnuda frente a mi,  sus senos pequeños con dos bultitos rosados en el centro apuntándome, los toma con sus manos y habla como si yo no estuviera.

  ¿Demasiado pequeños? Los tapa, los eleva, los esconde entre la yemas de sus manos y fija sus pupilas en mis pupilas. ¡No! ¡Tengo de sobra con ellos y a quien no le guste que no mire!. Se gira, toma su blusa y se coloca la ropa, luego sale contoneando sus caderas con la autoestima enfocando hacia arriba.

Las horas pasan muy despacio, desde mi cuarto  el sonido del tic-tac  amartillea mis oídos, menos mal que el degustar  de unos labios mordisqueando frutas distrae mi atención. Se abre la puerta y me encuentro de frente con una pareja, el sólo lleva un  pantalón corto. . Sus brazos como el pecho, muy musculados la empujan a ella hasta cerrar con sus cuerpos el hueco  y allí, sin miramientos vuelven a sus quehaceres deslizando las manos, reptando sobre los muslos, serpenteando en sus caderas, succionando y emitiendo suaves gemidos rítmicos saturando el ambiente,  roncos los de él, agudos los de ella, como una polifonía de voces entrenadas.

 
Yo como siempre continúo muda pero me entran ganas de decirles:  ¡Oigan, que una no es de piedra!    Y es que a veces hasta me empañan.
Como si supieran lo que pienso recuperan  la compostura, ahora el le ayuda a colocarse las ropas estirándole la falda, y antes de traspasar el dintel de la habitación le da un azote en el trasero con la mano ligeramente hueca, dilatándose en el segundo de contacto.

 
No he terminado con los sudores de unos y aparece sin avisar el siguiente, de él sólo puedo recordar la música de intriga  en  los cascabeles que irrumpieron desde el suelo al tiempo que sus zapatos y … sus ojos reflejados en el filo del cuchillo, helados,  de azabache,  rodeados de agrietadas y terribles arrugas.  Espesas cejas, marañas de pensamientos  lúgubres. Ni siquiera me miró, sólo limpió el filo rojo de la  sangre
y luego le contemplé reflejado como el hielo en su espejo.




Al otro lado de mi perfil de reojo vislumbré, en la calle, la blusa rosa de la muchacha tirada por el hueco de algún descansillo.

Y comprendí... , en un segundo lo supe todo.
Los mordiscos comenzaron de nuevo, la angustia de saber y no poder contarlo …


Intenté gritar , denunciarle.
Lo que conlleva ser una ventana es que disfrutas de momentos apasionados, y otros tristes, muy dolorosos  que nadie imagina que puedan suceder. Resulta muy  emocionante si puedes trasmitirselo a alguien, por eso  mi único consuelo, es Bernarda , la de la limpieza, ella si que disfruta con las andanzas de mis  usuarios y los dimes y diretes del despacho del psicólogo de al lado, que tiene tela. Yo que soy la del servicio adjunto, oigo y veo  de lo lindo. ¡Lo bueno tiene que ser la que se situa al lado del diván!.

 Pero aunque disfruto del privilegio de que Todos se desnuden de verdad frente a mí, como si no importara, hoy el cansancio y los mordicos de los sucesos han podido conmigo, lo único que puedo hacer para quejarme es lo que voy a intentar ahora:

                 Gritar hasta fracturarme

domingo, 16 de mayo de 2010

La noche en que nos encontramos parecía una de romanos

 
3/07/2008

Camino por calles estrechas, de piedra, tu llevas un paño blanco sobre tu cabeza y esa toga que llega hasta las sandalias. Caminas ligero, sólo acierto a ver la suela cuando subimos unos peldaños, entramos en una estancia para lo cual hace falta bajar la cabeza. Las puertas son muy pequeñas para nuestra estatura. Es posible que tú tampoco pertenezcas a este tiempo.
Continuamos  con la luz de una lámpara que apenas ilumina unos pasos por delante de ti. Te sigo como una autómata, de pronto me pregunto por qué te sigo, pero mi curiosidad puede más. Si algo malo me puede pasar ya estoy metida en este laberinto, no hay vuelta atrás. Si la hay no la contemplo, decido que ya decidiré cuando vea a dónde vamos, cuando haya contemplado aquello que quieres mostrarme.
  Un cosquilleo me recorre los brazos, pasamos por una estancia en que los platos están sobre la mesa, las viandas servidas, el vino llega a mi olfato incluso antes de verlo, es una mezcla de frambuesas y madera, incluso parece que lo estoy degustando.
Recuerdo que no cené, ¡con tantas ansias por verte! me acosté con la música suave y la luz de una vela esperando al dormir del otro lado encontrarte.
Las paredes están completamente decoradas, jarrones con flores, un gato sentado  mirándome. Yo diría que la pared es de estuco de un tono rosado, pero mi acompañante no cede a mi interés y hace un gesto con la mano, me impela a continuar. ¡Adiós asado! ¡Adiós Vino!

Descendemos a través de un patio interior, damos vueltas en una escalera que recorre los lados de un cuadrado bastante grande; de cada lado sale una estancia, desciende  la luz  a través del patio.

En uno de los cuartos encuentro una mesa muy grande,  una lámpara encendida en una esquina, y las estanterías de pergaminos con sellos aún lacrados. El olor de las  especias inunda la habitación, los recipientes de cerámica con nombres convenientemente colocados me recuerdan a las vasijas que se utilizaban para llevar aceite en la época de los romanos, sólo que éstas son chiquititas. En el centro de la mesa se encuentra un gran libro, tus manos se muestran saliendo de la manga de la túnica y apuntando al libro. La luz es escasa, trago saliva, intento que mis ojos se adapten rápido a la habitación para distinguir las palabras, agarro las tapas curtidas y descubro una página llena de filigranas, miniaturas con dibujos de flores, en unas grafías extrañas, leo…

Y la luz de la lámpara se apaga, durante un segundo escucho tu respiración a mi lado, cercana, siento que estás mirando mis ojos, y no hay luz, luego … todo se apaga …
 
Suena el despertador y maldigo la hora en que desperté sin llegar a comprender qué pasa, porqué todas las noches me hablas, viajamos, y no consigo entender quién eres, qué quieres, a dónde vamos.

Acabo de darme cuenta que en este libro pueda estar la clave, me voy a trabajar y mientras camino deseo con una sonrisa en los labios que vuelva de nuevo la noche.

 

martes, 11 de mayo de 2010

El nirvana


El nirvana        

Un sol de justicia se impartió el primer día de colegio.
Nos presentamos a las diez en el patio, aseados, repeinados y bañados en colonia de escolar en bote a granel y con una tímida cartera que incluía un cuaderno y un estuche, no se precisaba más.
Jugamos una hora a pillar, al rescate, al balón, nos pusimos al día sobre las vacaciones. Lucía mi pichi rojo, y una blusa blanca de manga corta, veraniega. Por primera vez en mi vida comenzaba el cole con el pelo largo (media melena que fue lo más que conseguí de mi madre).

El aire se constriñó con el temido silbido de la directora de ceremonias. Podía ser bueno si en el reparto de clases te tocaba una con compañeros de otros años o podía ser terrible si te separaban de los amigos, así que nuestras caras, coloradas como tomates mostraban ojos de indecisión.
Formamos filas, nos agrupamos en función de las listas que una señorita leía demorándose en cada nombre y apellidos, muy despacio, despacitooooo.
Ya no estábamos tan guapos ni acicalados, a Elena el pelo se le salía de la coleta y con la mano sudorosa lo estiraba, a Luis parecía que las fieras le hubieran atacado los pantalones, algunos llevaban más tierra en los zapatos que polvo en el patio.
Dieron las doce en aquel redondo reloj que sonaba radiante y dilatado, como un gong metálico que volaba al sonar sobre las alas en uve de un pájaro... Me parecieron un mar de coronillas en fila india, algunas con quiriquis curiosos, indomables, quisquillosos, que en cuanto se desvanecían los efectos de la socorrida colonia “pega todo” volvían a decir ¡Aquí estoy yo! Gritones y orgullosos, fieros y avezados remolinos de pie con puño en alto, siempre en guardia.
La voz a través del megáfono se estiraba, se encogía, se dilaaaataba hasta que me llamó, ¿Me tocaba a mí? ¿Adonde? ¿Cómo? La voz silbaba, y yo la seguiría, así que levanté el pie, que se cayó, después mi brazo se derrumbó, el estuche también, y una madeja de ojos raros y hacinados parpadearon en torno a mí.
-¡¡Quitaos, quitaos!!
Oí lejos, cada vez más lejanos. Mis parpados cerraron como las trapas de las tiendas,  ni siquiera los oí.
El sol se me pegaba a la piel, y la señorita me abofeteaba los oídos.
-¡Aire, aire! ¡Sáquenla de aquí!

Amagué con levantar los parpados, y los dejé caer por su propio peso, de pronto la brisa me acarició , y me encontré a un niño  con un vaso de agua, ¡por fin! Contaba 8 años, como yo, el pelo muy fino y casi castaño claro, la naricilla regordeta, y la mitad de los dientes en reposición, como yo. El niqui gris y el pantalón claro, entre beis y … ese día Daniel y yo nos hicimos amigos. A mí me tocó el grupo D y a él el A.
Jugamos en los recreos siempre en el mismo equipo al rescate, y nos pegábamos, cómplices, con todo aquel que quisiera separarnos. Ese año las muñecas hacía tiempo que me aburrían y a él tampoco le interesaban para mi alegría.
Pasaron los cursos, y  en  sexto el destino nos separó sin remedio, Daniel se trasladó con su familia a vivir a otra ciudad, el trabajo de sus padres lo exigía , y aunque nos escribímos todas los días y mandábamos una carta a la semana, la necesidad del uno por el otro no se saciaba.
La tristeza minó por mucho tiempo mi carácter risueño y juguetón. Sus cartas se distanciaron, se dilató el periodo de recibo. Cuando comencé  el instituto  en mi vida no restaban  posos  aparentes de Daniel.
Cuatro  años después comencé enfermería y con las clases por la mañana nos fueron introduciendo paulatinamente en las prácticas por las tardes, aunque en teoría hasta segundo no nos correspondía. En realidad, nos sacaban de excursión como polluelos, de uno en uno,  a ver los bebés recién nacidos o para observar maquinaria y maniobras de sondaje, para que perdiéramos  un poco el respeto que nos hacía temblar el pulso aún con las inyecciones de  heparina.  Hasta que una tarde nos tocó enfrentarnos cara a cara con el cáncer, y otra descubrimos como funcionaba una UCI, todos esos complicados aparatos que habíamos estudiado estaban allí, impresionaba y mucho el silencio y las caras de los familiares desgarrados por un dolor atroz.
En las  chapas identificativas consta tu nombre,  foto y el concepto de prácticas, pensé que alguien lo leyó  y por eso me llamaban por mi nombre, pero los familiares se acaban de marchar. Quedábamos yo y otra alumna  que hablaba con una enfermera.
No sé por qué me giré si sabía que ninguno de los enfermos podría ser.
Un muchacho lleno de moratones, completamente entubado y conectado a los monitores se debatía entre salir adelante o perderse en los corredores del silencio.
Volví a escucharlo, me llamaban a mí; su voz sonaba cascada, lejana, perdida y curiosamente me resultaba familiar. Me tocaron el hombro y brinqué, algo imperceptible pero brinqué por dentro, todo mi cuerpo se estremeció y a mi cerebro como una metralleta de disparos ineludibles le sacudieron aquellas imágenes. ¡Era él! ¡Sólo él podía decir mi nombre así!¡Sólo él podía mirarme desde arriba en aquel sillón del despacho de la directora, sólo él sabía lo de aquella pelea, sólo el sabía de aquel cofre donde aún guardaba nuestras fotos!¡Sólo el podía mirarme desde ese ángulo, sobre el techo de la habitación!
Entonces sentí   la oscuridad invadiendo la sala como una culebra que se desliza sigilosa, al acecho, reptando entre los lechos de aquellos seres indefensos, como en un tirón inmediato del cordel de su vida, Daniel volvió a su cuerpo maltrecho.
La enfermera me comentó:
-¡Es tan joven, casi un niño!

Aproveché y pregunté
-¿Qué ocurrió?
-Un accidente-, me dijo, y asentí.
Cuando salimos fuera le inquirí sobre las  posibilidades  que tenía de recuperación y su voz se rasgó afectada, bajó los ojos y dejó escurrirse las palabras:
-Nada, se espera el desenlace en cualquier momento.
Sorteé la ciudad en un tiempo récord hasta alcanzar mi casa, abrí aquel  cofre pequeñito con el  papel  bullicioso pintado y lleno de  piratas, que conservaba desde aquellas horas tan remotas de  mi infancia. Y saqué nuestras fotos.
Aquella noche cerrada recobré la ansiedad por la distancia mantenida durante tantos años, recobré aquel deseo perentorio de estar a su lado y me juré a mi misma que no volveríamos a separarnos.
Me tendí en la cama y me relajé inspirando intensamente, expulsaba el aire por la boca, muy despacio, mi cuerpo se fue transformando en un bloque de cemento sin fuerza ni para mover un dedo y mi mente se proyectó lentamente al contacto de su caricia blanquecina en mi mano.

-Te estaba esperando-, me dijo Daniel,  -sabía que tu si me oirías.

















El cuadro es de Antonio López García , el de la niña.
Y la foto de la mujer de Man Ray-3

La mujer de Van Gogh

No se cortò un pelo, sin prejuicios le importaba un pimiento que pensaran "que eso no tenía nada de académico". Tomó el pin...