domingo, 16 de mayo de 2010

La noche en que nos encontramos parecía una de romanos

 
3/07/2008

Camino por calles estrechas, de piedra, tu llevas un paño blanco sobre tu cabeza y esa toga que llega hasta las sandalias. Caminas ligero, sólo acierto a ver la suela cuando subimos unos peldaños, entramos en una estancia para lo cual hace falta bajar la cabeza. Las puertas son muy pequeñas para nuestra estatura. Es posible que tú tampoco pertenezcas a este tiempo.
Continuamos  con la luz de una lámpara que apenas ilumina unos pasos por delante de ti. Te sigo como una autómata, de pronto me pregunto por qué te sigo, pero mi curiosidad puede más. Si algo malo me puede pasar ya estoy metida en este laberinto, no hay vuelta atrás. Si la hay no la contemplo, decido que ya decidiré cuando vea a dónde vamos, cuando haya contemplado aquello que quieres mostrarme.
  Un cosquilleo me recorre los brazos, pasamos por una estancia en que los platos están sobre la mesa, las viandas servidas, el vino llega a mi olfato incluso antes de verlo, es una mezcla de frambuesas y madera, incluso parece que lo estoy degustando.
Recuerdo que no cené, ¡con tantas ansias por verte! me acosté con la música suave y la luz de una vela esperando al dormir del otro lado encontrarte.
Las paredes están completamente decoradas, jarrones con flores, un gato sentado  mirándome. Yo diría que la pared es de estuco de un tono rosado, pero mi acompañante no cede a mi interés y hace un gesto con la mano, me impela a continuar. ¡Adiós asado! ¡Adiós Vino!

Descendemos a través de un patio interior, damos vueltas en una escalera que recorre los lados de un cuadrado bastante grande; de cada lado sale una estancia, desciende  la luz  a través del patio.

En uno de los cuartos encuentro una mesa muy grande,  una lámpara encendida en una esquina, y las estanterías de pergaminos con sellos aún lacrados. El olor de las  especias inunda la habitación, los recipientes de cerámica con nombres convenientemente colocados me recuerdan a las vasijas que se utilizaban para llevar aceite en la época de los romanos, sólo que éstas son chiquititas. En el centro de la mesa se encuentra un gran libro, tus manos se muestran saliendo de la manga de la túnica y apuntando al libro. La luz es escasa, trago saliva, intento que mis ojos se adapten rápido a la habitación para distinguir las palabras, agarro las tapas curtidas y descubro una página llena de filigranas, miniaturas con dibujos de flores, en unas grafías extrañas, leo…

Y la luz de la lámpara se apaga, durante un segundo escucho tu respiración a mi lado, cercana, siento que estás mirando mis ojos, y no hay luz, luego … todo se apaga …
 
Suena el despertador y maldigo la hora en que desperté sin llegar a comprender qué pasa, porqué todas las noches me hablas, viajamos, y no consigo entender quién eres, qué quieres, a dónde vamos.

Acabo de darme cuenta que en este libro pueda estar la clave, me voy a trabajar y mientras camino deseo con una sonrisa en los labios que vuelva de nuevo la noche.

 

1 comentario:

Pepi dijo...

Me gustó, leí esta porque era más corta, ando con dolor de cabeza, volveré a leer la siguiente. Besitos.

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