domingo, 23 de abril de 2017

La madriguera de Alicia

1 ¡Tenía tantas cosas qué hacer! No se por qué habíamos quedado en un lugar tan apartado. Llegué el día anterior con un sol expléndido, la carretera limpia, el aire se palpaba fresco y puro, quizás se apreciara el olor a hierba frondosa, la que estaban recortando las vacas mientras pastaban afanándose. Me pareció fantástico, estaba contenta, o más, exultante. Además llevaba esperando aquella cita sin saberlo toda la vida. El encuentro se fijó para al día siguiente, y después de un buen yantar de "pedorreras", como decía el camarero del pequeño restaurante, me iría.
A eso de las 11 abrieron la feria. Recuerdo mi asombro cuando la inaguración se estrenó con tambores y gaitas: una banda de músicos locales con ecos celtas, y porrones con orujo, pastas artesanas con arreglos de miel de romero y almendras. ¿Quién tenia estómago para tal barbaridad? Veía correr el orujo y me parecía imposible que se lo pudieran beber a palo seco. Pocos más que los locales se atrevieron dos rondas. A las 11, 30 el viento comenzó a arreciar, la temperatura bajaba por momentos. Alguien de la carpa dio la voz de que anunciaban la primera nevada de la temporada. Pensé que si nevaba mejor, podríamos deslizarnos. Aunque luego me empecé a preguntar si mi cita aparecería. Si habría llegado ya. No tenía a mano el teléfono del hotel, aunque solo estaba a 5 minutos. Disponíamos de una buena calefacción y los puestos llenos de repostería, cerámicas, guisos locales, caldos tremendamente picantes, trabajos de herrería, forja, cuero... y legumbres de toda la provincia. Era él quien elegió el lugar: un hombre acostumbrado a perderse por estos pagos y otros de más altura. Lei en alguna de sus entrevistas que "No había nada como subir a la montaña para recuperar las perspectivas", pues eso le había ayudado enormemente a escribir. En aquel momento desconecté del lugar y volví a la madriguera de Alicia, en mis sueños yo hablaba a menudo con él, sus adaptaciones teatrales de piezas ajenas a las que sumaba acciones de la vorágine del mundo no pasaban desapercibidas.
..
Continuará mañana




2 Los paisanos comenzaron a aparecer por goteo, las mujeres de dos en dos, y a veces pasaban pequeños grupos mixtos en camarilla. -¿Vosotras qué vendéis?-¿Acaso no se veía? Nuestro puesto era un enorme muestrario de hogazas de pan sin bregar, rústicas, hermosotas, de las que te duran 5 días y luego las sopas de ajo levantarian a un muerto. Mi amiga mostraba su trabajo con un arte locuaz, mientras yo asentía. La idea de acudir a aquella feria había sido del escritor:" Los frutos de la tierra- me dijo tiempo atrás - te darán paz" Paz y buen yantar me dieron pues mis amigos, los panaderos, utilizaban trigos de gran calidad, pasas, nueces, almendras, anises, mantecas, huevos. Los paisanos solían rifarse sus brazos de gitano de nata deshilachada.
El ajetreo alimentaba el bullicio del lugar. Ya no se oía la música de fondo, la banda se desplazó a las tascas, a disfrutar de los caldos, y los vinos ardientes. Me pidieron una bolsa de magdalenas, y entonces pensé que si no podía llenar una bañera quizá mis textos como mariposas-magdalenas; cremosas, esponjosas, intensas albergaran la posibilidad de permanecer en la memoria de las emociones más allá del instante en que el primer bocado atravesaba el paladar. Sonreí. Y llegó un paisano...

Continuará 
Relato: Ana Ruibarbo
Imagen:una amiga de Facebook

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