domingo, 13 de julio de 2014


Conservador de lengua y paisajes, del llano calmo y la mirada aguzada,  de aquel que se apuesta sobre el rocío para otear el tránsito -con la mira- de las avutardas, las perdices, y el zigzageo de las liebres levantadas a voz de paso de la cama. Se trata de un aguilucho que merodea con sus alas abiertas -al compás de los vientos- el tránsito de la urbe industrial cincelada por el aullido de la cerámica, y pinta en la negrura proverbial de sus nieblas el esqueleto de los caciques con los que se cruza en el zaguán. Ese pico curvo rasca el papel del diario para empaparlo con la savia de sus pensamientos, alumbra con la pluma alicorta un extenso episodio social y geográfico que, afortunadamente, ha dejado testigos en la estratigrafía de nuestra idiosincrasia.

A... Miguel Delibes

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