jueves, 17 de enero de 2013

Hogueras




Se refrotó las manos acercándolas al fuego, el vaho se elevaba convirtiéndole en una figura fantásmagórica rodeándole la boca. El relente de un mayo especialmente crudo encogía sus huesos bajo la harapas. Manuela se acercó despacio, caminaba siempre sin pisar el suelo, ni las ramas solían quejarse de sus avances. En la distancia lo único visible eran esas dos luciérnagas revoloteando al unisono. Su mirada parloteaba tanto que -a menudo-, mientras ella permanecía sentada a la hoguera, el sonido del silencio parecía crepitar con el chisporroteo del fuego. Jacinto así solía escucharla.
A través de las llamas crecientes observó mudo esa sonrisa , y el vaivén de sus ojos saltando desde el fuego a la luna. 

-Compadre, cuéntenos algo -le despertó la esparteña voz de Ignacio-, posó la lata de aquel brevaje que solía utilizar como disculpa y carraspeó. 

Manuela se soltó el pañuelo para recolocar el cabello, los rizos se escurrieron por su espalda y alguno generoso se adelantó hasta su pecho. Jacinto no tenía ganas de hablar, el hermano de Manuela insistió, ella agarró su pañoleta y la ató bajo la mata agreste de pelo. Se le iba el pulso con cada movimiento de sus manos, se quedaba sin aire cuando ella pasaba por delante. 

-Compadre ..., -rajó la noche esa navaja de voz- , Jacinto se sobrepuso y recordó aquella historia en que bajando a Bejar a por los ganados de un tal señorito "Malquerio" les asaltaron unos bandoleros escondidos entre el follaje de la ruta.

Se levantó mientras recolocaba su fajín, tomó un brazado de retama y unas matas de romero,y colocó un tronco grueso de roble.

-Vamos allá -comenzó a hablar-.

Texto: Ana rico
Imagen: Picasso



1 comentario:

Roberto Alvarez Riveiro dijo...

Si vienes te enseñare a hacer fotos....

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